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January 5th, 2012

January 05, 1992

ISABEL: The sun is shining, embracing the blue horizon. The sea is sweet. The trees rest peacefully after all that stormy thrashing about.

The birds begin to sing, and flap their wings joyfully, singing to the sun and the calm that always follows a storm. I find it difficult to get going.

Routine is a silent battle you wage every morning.

You always fade a little in the face of so much routine in so so many circumstances. You begin to feel weary, and humor doesn’t come to your rescue so often, but sulks in a corner and waits for better times.

It’s a Sunday, a sun day. The sun filters between the trees, giving glorious volume to the array of greens. My eyes rove through the trees, drinking in the calm.

The classical music I’m listening to is beautiful.

Everyone’s asleep.

I don’t feel like mixing with life today.

I go into the kitchen and feel beleaguered by cups and glasses, threatening to throw themselves at my head. I don’t feel strong enough to touch anything. I retreat silently.

I take refuge in the smoke of a cigarette, and vanish into the air. I’m flying, flying far away, but my body protests, and my bones scream until they make me feel the pain of being alive.

When I was a little girl I used to ask why I’d been sent here. My mother would freak out and stammer out an answer. All of five years old, I’d go on the offensive. “I don’t like people. I’m not like other people. I wasn’t meant to be here.” Then my mother would ask, “Where were you meant to be?” Where silence is celestial music, and the Angels grow slowly, and Eternity isn’t scary. It was my mother who got scared. She didn’t have the funds in her pockets. She couldn’t even sweeten my feelings with candies. All her methods to anesthetize me were in vain, and I became her executioner.

Today I break my own laws. I advance farther and farther, broadening my horizons. Struggling with all my human flaws. Humanly, I push back my limits and my perception grows. It flies to the Angels, and, tattered as I am, they receive me. I fix myself up again amid their whisperings.

On the road called life, I came across the thousands of temptations that assaulted me in their attempt to seduce me, and tame me. But like my mother’s candies, they cast me deeper and deeper into the infinite.

I broke the limits of my childhood. I explored rich, superior cultures until reaching sophistication, in silk packages studded with gold and diamonds that shine until they blind you, and awaken the greed of even the most upright and just.

Power in its most varied forms glorifies their dominions on earth. I realize that the answer as a little girl was implicit in my questions. I knew that, despite their language and religion, the will-o-the-wisp of human society and culture devoured you and reduced you to ash.

The seduction didn’t work on me.

The origin and the end were implicit in the ashes. I escaped, and sharpened my senses with the Angels. They dictated to me until they drove me mad, because I was part of this world, and would never be an Angel. What do I do? What use was it to escape the fire, and stroke their white wings with my hands?

What use, what ‘s the point of this connection with the invisible?

The whys and wherefores have drifted away from me.

At times I experienced the calm and sweetness of infinite peace. It comforted me.

But always revolving around my invisible outer limits, life backs me into a corner and reduces me to tears.

I began writing down my feelings about Eternity. I’d read them to myself, or rather, to the little girl that’s hidden in this life-weathered body of mine.

I find this reflection of Eternity calming. I can write it down, and read it to myself.

If I look for a meaning I can’t find one. But, like this, I can coexist, living here and feeling in the infinite without losing my sanity.

The Angels say to me in their language:

“Not long now,

your place awaits you,

but you must still undertake the pilgrimage.

You must still learn and weep

among the humans.”

I believe. I’m taken aback. It’s a constant nightmare.

The embrace of Eternity’s reflection reaches out beyond the earth and contacts us cosmically. Its reflection is so blinding that even the purest doubt, and close their eyes. Some, like me, amid laughter, doubt and tears, are confounded, until they find their path, a path with no visible signs. The glory of Eternity summons me to the journey. My faith sharpens my senses.

People come, people go, people are reborn on this planet spinning through the cosmos. We’re summoned to this magical, latent, undying convention we call life.

LILA : “I’m on my way to New York. Buenos Aires has no stimuli to offer me today. My children are on vacations. It’s quiet at work. I’m on the plane, on my way to receive the change announced for me in this new year. I need a change. I enact a change.”

January 5, 1992

ISABEL:

El sol brilla abarcando el horizonte azul, al mar está dulce, los árboles descansan plácidamente después de tanto movimiento tormentoso.

Los pajaritos comienzan a cantar y movilizan sus alas alegremente, cantándole al sol y a la vida plácida que siempre llega después de una tormenta. A mi me cuesta arrancar.

La repetición es una batalla silenciosa que uno emprende todas las mañanas.

Ocurre, que uno siempre se destiñe un poco, ante tanta repetición en tantísimas circunstancias y comienza a sentirse cansada y el humor, ya no sale tan seguido a darte una mano; se queda en un rincón, esperando mejores ocasiones.

Hoy es domingo día de sol, el sol se filtra entre los árboles dando volumen y glorificando los distintos verdes, mis ojos divagan entre los árboles sintiendo la calma.

La música que escucho es bella y clásica.

Todos duermen.

Hoy no me animo a mezclarme con la vida.

Entro a la cocina y me siento acosada por las tazas y los vasos, amenazan con lanzarse contra mi cabeza; no me animo a tocar nada. Silenciosamente emprendo retirada.

Me refugio en el humo del cigarrillo y me disipo al aire. Vuelo, vuelo lejos, pero mi cuerpo se queja, mis huesos gritan hasta hacerme sentir el dolor de estar viva.

Cuando fui niña preguntaba por qué me mandaron acá? Mi madre alucinaba y se confundia buscando una respuesta; yo con mis cinco años arremetía. No me gusta la gente, yo no soy gente, yo no tenía que estar acá. Entonces mi madre me preguntaba ¿Dónde tenés que estar? Donde el silencio es música celestial y los Ángeles crecen lentamente y la Eternidad no asusta. La que se asustaba era mi madre que no tenía recursos en sus bolsillos y ni siquiera podía endulzar mis sentimientos con  los caramelos que sostenía entre sus manos. Todos sus métodos fueron inútiles para anestesiarme y me converti en su verdugo.

Hoy soy transgresora con límites precisos, los míos; avanzo más y más ensanchando mi horizonte. Luchando con todos mis desatinos humanos. Humanamente empujo mis límites y mi percepción crece, vuela a los Ángeles y me reciben hecha jirones, me recompongo entre sus susurros.

En el camino llamado vida me encontraba con los miles de tentaciones que me atacaban tratando de seducirme, amansarme, pero al igual que los caramelos de mi madre, me arrojaban más y más hacia el infinito.

Transgredí los límites de mi infancia, recorrí culturas ricas y mejores hasta la sofisticación, empaquetada en seda con detalles de oro y diamantes que brillan hasta enceguecerte y despertar la codicia de los más rectos y justos.

El poder en sus más variadas formas glorifica sus dominios en la tierra. Me doy cuenta que en mis preguntas de niña estaba implícita la respuesta, yo sabía que el fuego fatuo de las sociedades y culturas humanas más allá de su lengua y su religión, te devoraba convirtiéndote en cenizas.

La seducción no operaba en mí.

El origen y el fin estaban implícitos en las cenizas. Escapaba agudizando mis sentidos junto a los Ángeles que me dictaban hasta volverme loca, porque yo vivía acá y nunca sería Ángel. Qué hago? De que servía escaparle al fuego y peinar con mis manos sus alas blancas?

De qué y para qué sirve la conexión con lo invisible?

Se alejaron de mi los por que y los para qué.

Por momentos transitaba la calma y la dulzura de la paz infinita que me reconfortaba.

Pero siempre girando junto a mis perímetros invisibles, la vida me acorrala hasta hacerme llorar.

Comencé a escribir mis sentimientos enganchados a la Eternidad, que luego me los leía a mi misma o mejor dicho a la niñita que  soy escondida en este cuerpo curtido por la vida.

Me calma este reflejo de Eternidad que puedo escribir, y leérmelo.

Si busco un sentido tampoco lo tiene, pero así puedo coexistir, viviendo acá y sintiendo en el infinito sin perder la cordura.

Los Ángeles en su lengua, me dicen:

“Falta poco,

tu lugar te espera

pero todavía debes peregrinar,

aprender y llorar

entre los humanos.”

Yo confío, me desconcierto; es una pesadilla permanente.

El reflejo de la Eternidad abarca más allá de la tierra y nos contacta cósmicamente, es tan enceguecedor su reflejo que hasta los más puros dudan y cierran sus ojos. Algunos se confunden como yo, entre risas, dudas, llantos, hasta encontrar su sendero, un sendero sin señales visibles. La gloria de la Eternidad convoca mis pasos, mi fe agudiza mis sentidos.

La gente va, viene, renace en un planeta que gira cósmicamente convocándonos a esta convención mágica, latente, imperecedera que llamamos vida.


LILA: Me voy a New York, Buenos Aires no me ofrece ningún estimulo, mis hijos están de vacaciones el trabajo esta quieto. Estoy ya en el avión para recibir el cambio anunciado para mí en  este nuevo año. Necesito un cambio. Actúo un cambio.