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January 9th, 2012

January 09, 1992

A beautiful, beautiful morning. Hazy horizon. A stormy wind is blowing. I can feel this Wednesday’s thousands of possibilities in the air.

It’s seven in the morning. Everyone asleep. I watch a group of clouds cornered amid the pinegroves, threatening to scatter and darken this beautiful morning.

The church bells keep on pealing in the distance. According to my mother, starting the day with the peel of bells is a good omen.

Dotted about in different trees the birds are singing, and a concert starts up in intermittent stereo.

I gaze at the sky. I’ve always skygazed. Ever since my little legs took their first steps, I’d run out onto the patio, and look way up into the sky, just like ducks and geese. Farmers say they’re asking for rain. I didn’t know what I was gazing at, but I’d entertain myself gazing at the wonderful world of clouds and their strange, yet familiar, shapes. Occasionally beams of light would descend on me through the clouds. I still skygaze every day.

A couple of dogs wander down the street. Amazingly, they dodge their way through the cars and across the avenue. I shudder to look at them, but they emerge unscathed. They reach the sea and disappear into the dunes.

The breeze is colder at times. The clouds have paired off to form a gray strip over the horizon. I don’t want this day to lose its sunshine, but my desire is impotent before the commands of nature. Today, I’d like for the sun to warm my bones, and the sea to wet my outer human limits.

At nine this morning, I’ll cross over to the sea just like the doggie couple. Maybe I’ll run into the sun.

I watch the swallows dancing. I hang on their wings, and become part of their ritual. A solitary gull crosses with our gaggle of girls. A plane roars through the clouds with a bellyful of passengers.

I hang on its steel wings until it disappears.

The splendor of the sun finally wins out. The clouds look like they’re dispersing slowly. Oh joy! I’m under my little beach tree, a striped parasol, snuggled up on a lounger as yellow as the sun tickling my shoulders. The sea laps at my feet, splashing out its message from the blue horizon.

I close my eyes and I surrender to face the sun. Behind me I’m cradled by the sea, entangling me in its millennial messages. I plunge into its salty water. My bones are rubbed. I try to swim. I can’t. I let myself be enveloped, and my outer limits dissolve. I’m part of the sea. It pushes me shoreward, and the sun saves me, warming my whole body, down to my hair.

The Angels pamper me. They lavish on me a kingdom where my senses mingle with Eternity.

A magical ritual is established.

The sea and the sun call to me. I come and go. The sea catches and cools me, the sun saves me.

I can’t stop. People come and go, walking between lines of sand and surf. I’m hang on this old woman’s hat. I feel she’s leads and has always led a perfectly organized life. She’s kept all her flaws in her toes. I race back to my yellow lounger.

I curl up on it. The breeze caresses me. I expand beyond time.

Diaries of an Alchemical Woman

LIONE & CROFT

ENERO 9, 1992

Hermosísima mañana, el horizonte esta borroso, sopla un vientito con sonido tormentoso, siento en el aire miles de posibilidades otorgadas a este día miércoles.

Son las siete de la mañana, todos duermen. Miro un grupo de nubes acorraladas entre los pinares, amenaza con desparramarse y oscurecer esta bella mañana.

A lo lejos las campanadas de la iglesia siguen repiqueteando, según mi madre comenzar el día con el cantar de las campanas es buen augurio.

Los pajaritos cantan agrupados en distintos árboles y se produce un concierto a dos tiempos, con pequeños intervalos.

Miro al cielo; siempre lo miro, desde que mis pequeñas patitas comenzaron a dar sus primeros pasos, salía corriendo al patio, miraba para arriba lejos, muy lejos, igual que los patos y los gansos, ellos piden agua, lluvia dicen los chacareros en el campo. Yo no sabía qué, pero me entretenía mirando el mundo maravillosos de las nubes con sus formas raras y conocidas, por momentos se filtraban haces de luz que descendían hasta mi. Hoy sigo mirando al cielo cada día.

Una parejita de perros vagabundean por la calle, me asombran esquivando coches, cruzan la avenida, tiemblo mirándolos, pero su intento tuvo éxito, llegaron al mar, se perdieron entre los médanos.

El vientecito por momentos es más frío, las nubes se emparejaron formando una franja gris junto al horizonte, no quiero que este día pierda al sol, pero mi deseo es impotente ante los mandatos de la naturaleza. Hoy me gustaría que el sol calentara mis huesos y el mar moje mis perímetros humanos.

A las nueve de esta mañana cruzaré al mar igual que los perritos, a lo mejor me encuentro con el sol.

Miro danzar a las golondrinas, me prendo a sus alas y soy parte de su ritual, una gaviota solitaria se cruza con nosotras, un avión cruza entre las nubes rugiendo con su panza cargada de pasajeros.

Me cuelgo a sus alas de acero hasta desaparecer.

El sol gana con su esplendor, parece que las nubes se dispersan lentamente ¡Qué placer! Estoy bajo mi arbolito de playa, una sombrilla rayada, metida cómodamente en una reposera amarilla como el sol, que me hace cosquillas en los hombros. El mar se acerca a mis pies repiqueteando su mensaje desde el horizonte azul.

Cierro mis ojos y me entrego de frente al sol, a mi espalda el mar me acuna, enredándome con sus mensajes milenarios, me meto en su agua salada, mis huesos se frisan, intento nadar, no puedo, me dejo envolver y pierdo mis perímetros, soy parte del mar, me empuja a la orilla y me rescata el sol calentándome hasta los pelos

Los Ángeles me miman, me prodigan un reinado donde mis sentidos se mezclan con la Eternidad.

Un ritual mágico se establece.

El mar y el sol me llaman, voy y vengo, el mar me atrapa enfriándome y el sol me rescata.

No puedo parar. La gente va, viene, camina entre líneas de arena y espuma de mar. Me prendo al sombrero de una vieja, siento que lleva y ha llevado su vida perfectamente organizada, ha guardado todos sus desatinos en los dedos de sus pies, salgo disparada a mi silla amarilla.

Sigo acurrucada, la brisa me acaricia, me expando fuera del tiempo.

Diario de una Mujer Alquimica

LIONE & CROFT